La verdad no calienta
Lee el segundo premio de nuestro concurso del escritor del mes de noviembre de 2025, sobre la "Precariedad".
Por: Henning Lackberg
La vela que compré a dos soldados carlistas agonizó al instante. No la repuse. La oscuridad de la tarde se espesaba sobre la posada, y los pocos reales que me quedaban apenas alcanzaban para un vaso de vino turbio y un mendrugo duro.
En la sala flotaba un olor pesado a leña quemada, mezclado con el hedor rancio de los soldados que aún permanecían allí. Las moscas zumbaban alrededor de las jarras vacías, empeñadas en encontrar algo vivo en aquel lugar. Nada se movía salvo el frío.
Entonces lo vi cruzar el umbral.
Bastó un segundo para entender que el día lo había vencido. Avanzó tambaleándose, con las manos ensangrentadas y el barro seco agrietándole el rostro. Los dedos le temblaban como si llevara días sin sentir calor. Los soldados, sin interés, señalaron mi mesa.
—Ahí tienes al hombre de las letras —gruñó uno.
El jornalero se irguió al oírlo, en un esfuerzo que quería parecer firme aunque su cuerpo dijera otra cosa. Miró sus manos, avergonzado, y trató de limpiarlas contra la pernera; no lo consiguió.
Al llegar, se quitó la boina con una cortesía intacta y esbozó una sonrisa frágil.
—Necesito que le escriba una carta a mi mujer —susurró.
Su voz rasgada competía con el leve chapoteo de mi pluma en el tintero.
—Ponga que me va bien en el trabajo, que estoy ganando dinero...
Una tos lo dobló. Cuando pudo continuar, añadió:
—...y que el patrón me trata bien. Que pronto podré volver a casa.
Escribí lo que pude distinguir en la penumbra. Al mirarlo, vi cómo el frío le humedecía los ojos.
—Escriba también que no me falta de nada. Que como caliente cada noche.
El temblor de su mandíbula desmentía cada palabra, pero lo dejé seguir.
—Y ponga que, cuando vuelva, haré el tejado nuevo. Ella dice que llueve dentro, pero no es verdad. Exagera cuando me extraña.
Su mano señaló el cuaderno. Los dedos, hinchados y amoratados, parecían ajenos a él.
—Puedo escribir lo que quiera —dije—. También la verdad, si lo desea.
Bajó la mirada y se frotó los antebrazos en un gesto aprendido tras muchos inviernos.
—La verdad ya la sabe Dios —murmuró—. Mi mujer no la necesita. La verdad no calienta.
Rebuscó entonces en su bolsillo. Sacó un envoltorio húmedo y lo abrió con pudor.
Era un trozo de pan endurecido.
—Para pagarle —dijo—. Es poco, pero es lo que tengo.
No supe responder. Aquel pan frío debía de ser su cena. Yo solo tenía tres o cuatro reales, y mi familia llevaba tres días sin comer.
—Con esto bastará, ¿verdad?
Sabía que no podría costear el envío sin cobrarle. Pero me miraba con la serenidad de quien ya no teme el invierno porque sabe que no verá el próximo.
Asentí, incapaz de sostenerle la mirada.
—Bastará —le mentí.
Tomé el pan como si fuera una moneda de plata. Él suspiró, se acomodó la boina y se levantó.
—Dios se lo pague.
Lo vi alejarse hacia la puerta. Nadie levantó la cabeza. Nadie vio cómo empujaba la madera con el último resto de fuerza que le quedaba.
La oscuridad de fuera se lo tragó.
Me quedé a solas con el cuaderno. Pude haber añadido la verdad al final. Una sola línea. Algo que la salvara de la espera.
Pero no pude.
La verdad no calienta.
Sobre Henning Lackberg
Soy Henning Lackberg (1995). No es mi nombre real: lo inventé uniendo los apellidos de dos autores que siempre estaban en la estantería de mi madre: Henning Mankell y Camilla Läckberg.
Leo desde que tengo memoria y escribo porque no concibo otra forma de entender el mundo. Dejé los estudios para trabajar en un mercado en mi ciudad. Años después inicié Periodismo y Humanidades, pero tuve que abandonarlo: las clases eran mañana y tarde, y necesitaba pagar el alquiler. No dejé de aprender; tan solo cambié de aula.
Hoy escribo para mirar donde casi nadie quiere mirar. Me interesan las cosas que no se dicen, sus estructuras, lo que queda fuera del plano y lo que se mueve por debajo del discurso oficial.
Escribo ensayo y ficción con una idea fija: que tú, lector, también mires donde siempre evitas mirar.
Esta pieza ganadora fue escrita en respuesta a la convocatoria de noviembre de 2025, con el tema la Precariedad. Al seleccionar este relato, el juez Luis Orlando León Carpio señaló:
“Este relato, de una crudeza contenida y a la vez demoledora, nos transporta a la España de las guerras carlistas, donde la precariedad forma parte del paisaje cotidiano. El texto sobresale por su ritmo y estructura, donde el diálogo funciona como eje narrativo que sostiene la tensión narrativa.
La ambientación —oscura, casi cinematográfica— sumerge al lector en la angustia íntima de un jornalero que escribe a su esposa desde el borde mismo de la supervivencia. El cuento es redondo, austero y profundamente humano, y deja abierta una pregunta que atraviesa toda la historia: ¿Está la verdad sobrevalorada, o la mentira es a veces la única forma de salvarnos —aunque no sepamos bien de qué?.”
Felicidades, Henning Lackberg.






Muchas gracias por tales palabras, por el reconocimiento y por la oportunidad de participar.
Un relato que te atrapa de principio a fin. Cada descripción es puro cine, cada palabra de la mentira convertida en cruda verdad, la verdad del amor desde la precariedad. Como lector recibo un texto que arruga el corazón y me invita a reflexionar. Como amigo del escritor, recibo gran satisfacción por ver el merecido reconocimiento a las letras de Hanning, a su maravilloso pluma. Gracias, Hanning, amigo mío, por la inspiración que siempre me das. Un abrazo, hermano.