El hogar de Luna
Lee el primer premio de nuestro concurso del escritor del mes de noviembre de 2025, sobre la "Precariedad".
Por: María Ahufinger.
A veces creo que mi casa es un monstruo cansado. Cuando sorteo la entrada, me encuentro con pilas de ropa por el suelo —que mamá dijo que iba a lavar— y a varias cucarachas, que se abren paso a través de los azulejos como pequeñas guardianas. Parecen granos de café; marrón oscuro, con las patitas finas y cortas. La cocina tiene un fregadero enorme, lleno de platos sucios, y llevo mes y medio sin atreverme a abrir el horno. Mamá, en un arrebato de culpa, había cocinado pollo asado.
Tenía patatas, y cebolla, y ajitos cortados muy pequeños. Pero se nos olvidó una semana ahí dentro y, a través del cristal, era un cadáver a medio incinerar . Así que no iba a ser yo quien lo sacara. Ya le apetecería a mamá cocinar. Algún día. O eso espero.
Por lo menos la nevera estaba en mejores condiciones, aunque tenía tuppers con comida que se preparó cuando los dinosaurios dominaban la tierra. Cuando abría la puerta, me llegaba el aire rancio de las recetas que nadie quiso elaborar. El queso y la leche en mal estado. Los yogures caducados, también. Por fortuna, el fiambre parecía comestible. O eso creo. He preparado el bocadillo de salchichón de ahí, para que Delia y yo podamos almorzar mañana. «Lo que no mata, engorda», me dijo mi hermana. «Todo esto es culpa del frigorífico —le susurré—. Él es el único que puede despertar a criaturas peores que las cucarachas».
Mamá no está, se ha ido a tirar la basura. Esa es su excusa estrella. Lo dice, después desaparece. Las primeras veces fueron horas y, después, días. Cuando más tardó en regresar estuvo casi dos semanas fuera. Por eso me gusta hacer apuestas con Delia sobre cuándo volverá a casa. La perdedora debía cocinar algún menú que no tuviera ni olor ni sabor a dinosaurio.
Me coloco en la mesa del comedor, preocupada por lo que pasará cuando mamá se entere de que he suspendido ocho asignaturas. La tutora me dijo: «Eres un caso perdido. Carne de cañón». Y por supuesto que era verdad. Sus palabras todavía resonaban en mi cabeza. Era un eco molesto, que me arrancaba el azul de las cuencas de los ojos. Supongo que tenía razón.
Saco mi bolígrafo estilográfico del estuche, que es tan mágico como una pluma. Puedo hacer trazos intrincados, de diferente grosor, según cómo incline mi mano. Tuve que ahorrar durante meses para podérmelo permitir, pero ahora es mío. Me imagino entonces a un mecha gigante; de color rojo, con pistones que exhalan vapor. En su cabeza tiene dos ventanas como dos ojos, donde están las cabinas de mando. Sofía pilotará a la derecha, mientras que en la izquierda estaré yo.
Quiero esforzarme para que el dibujo me quede realista. Después, se lo regalaré a Sofía para que me enseñe los hoyuelos de sus mejillas. La he dibujado muchas veces. La primera, como conductora de un mecha. La segunda, de cantante pop. La tercera, con orejitas de gato. «¿Qué estás haciendo, Luna?».
Guardo silencio, con las manos temblando. Clavo los ojos en mamá. Lleva el pelo suelto, negro como el carbón, completamente despeinado. Arrugas sobre el filo de los ojos. Los labios pálidos y apretados. La nariz fina, con el arco inclinado hacia abajo. Está blanca, parece enferma. Y continúo guardando silencio. Revisa mi mochila, de donde saca dos bocadillos de lomo con queso que nos ha preparado Sofía. Los mira sorprendida, después parece enfadada. «¿De quién es esta comida?». No contesto. Pega un chillido y toma lo primero que se cruza por su camino. En este caso, los platos de la vajilla. Los estampa uno tras otro sobre la pared del comedor.
A medida que pasan los segundos, concibo la casa como un lugar distinto; menos frío, más líquido. El cuarto ordenado, limpio, con olor a limón. Mamá sonriendo con Delia, que no está escondida en su dormitorio. La nevera llena de comida, mi armario con un vestido nuevo de Primark. Y mamá siendo una mamá de verdad.
Con el trazo de mi bolígrafo, siento que reescribo la realidad. Frente a mis ojos está mi nuevo dibujo: una familia feliz. Me quedo mirándolo, deseando que sea verdad. Pero los platos golpean el suelo, golpean el suelo, golpean el suelo. Permanezco sentada, catatónica, debajo de la mesa. Mientras los platos siguen rompiéndose, comprendo que el monstruo del hogar se alimenta del ruido. Y yo solo me hago pequeña, para que así no me pueda encontrar.
Sobre María Ahufinger
Es autora del espacio Donde la herida escribe, donde construye puentes a través del trauma, la memoria y la identidad femenina. Su estilo —a veces sensorial, a veces mágico— aspira a expresar mediante el cuerpo aquello que el lenguaje calla: las cicatrices, los silencios y todo lo que se hace difícil de mirar. Para ella lo vulnerable es sinónimo de valentía; un territorio donde la tristeza se convierte en ternura revolucionaria.
Esta pieza ganadora fue escrita en respuesta a la convocatoria de noviembre de 2025, con el tema la Precariedad. Al seleccionar este relato, el juez Luis Orlando León Carpio señaló:
“Un relato que explora la inocencia como antídoto frente a la aspereza del mundo. Su mayor virtud reside en la focalización narrativa: desde la mirada de una niña, el/la autor/a reconstruye un hogar que es, a la vez, refugio y fractura. Destaca además el uso inteligente del tiempo y del espacio, que se entrelazan con naturalidad entre lo vivido y lo imaginado, sin perder coherencia ni pulso.
Estamos ante un cuento sólido, sensible y muy bien resuelto, plenamente alineado con la línea temática del certamen. Atrapa desde la primera imagen y deja una resonancia incómoda sobre los efectos silenciosos de la precariedad en la vida cotidiana.”
Felicidades, María Ahufinger.






María, ¡me alegra saber que has conquistado este premio tan merecido! "El hogar de Luna" es una pieza narrativa de una madurez técnica extraordinaria.
Me ha encantado como sostienes la focalización infantil sin un solo desliz hacia la artificialidad. Luna no explica ni moraliza: observa, registra, sobrevive. Y a través de esa mirada construyes un retrato devastador de la negligencia doméstica sin necesidad de subrayados sentimentales. Es escritura que confía en la inteligencia del lector, y eso se agradece profundamente.
El juez acierta al señalar la focalización como tu virtud cardinal, pero permíteme matizar su lectura sobre "la inocencia como antídoto." Desde mi punto de vista, o al menos, lo que yo he podido percibir, es que Luna no es inocente en el sentido ingenuo: es superviviente con estrategias de resistencia psicológica extraordinariamente sofisticadas. Ese bolígrafo estilográfico —conseguido con meses de ahorro, tu primer gran tesoro— y esos dibujos de Sofía y del mecha no funcionan como escapismo, sino como mecanismo de disociación protectora. Cuando escribes "me hago pequeña, para que así no me pueda encontrar," no siento que hables de inocencia, sino de una inteligencia emocional brutal ante el trauma. Es la niña que ha aprendido a hacerse invisible para sobrevivir.
Las imágenes sensoriales son de una precisión quirúrgica: "cucarachas que parecen granos de café, marrón oscuro, con las patitas finas y cortas" / "el pollo asado como un cadáver a medio incinerar." La precariedad no se cuenta, se respira a través de cada objeto descrito. Eso es maestría narrativa.
Si acaso tengo una observación menor: la metáfora del "monstruo cansado" al inicio, reaparece al final ("el monstruo del hogar se alimenta del ruido"), pero no la sostienes estructuralmente en el cuerpo del relato. Funciona como imagen poética potente, no como arquitectura narrativa. Pero es un matiz ínfimo en un texto que, en su conjunto, es ejemplar de economía y precisión.
Felicitaciones otra vez. Has escrito algo que permanece.
Un abrazo enorme
Enhorabuena por ese primer premio bien merecido María! Pobre Luna, me pregunto cuántos niños pasarán por esa misma situación día tras día, en silencio y sin que nadie lo sepa.
Me ha gustado tu historia. Un abrazo 🤗